La Chinantla es una región étnica de Oaxaca, donde se encuentra la tercera extensión más grande de bosque tropical húmedo del país, y el remanente más grande de bosque mesófilo de montaña, en ellos se alberga una gran diversidad biológica -incluidas especies amenazadas o en peligro de extinción como el jaguar y mono araña.
Hasta hace unos años, fue el bastión más grande en superficie y número de Áreas Destinadas Voluntariamente a la Conservación (ADVCs) de Oaxaca y de México. Allí, desde hace 14 años, la CONANP ha apoyado el monitoreo comunitario con cámaras trampa de mamíferos, el cual es implementado por brigadas de monitoreo comunitario integradas por miembros elegidos en las asambleas comunitarias o por personas voluntarias. En los últimos años, quienes tienen cargos en el comisariado han fungido como monitores, en algunos casos han sido mujeres, ellas reciben capacitación para la instalación de las cámaras trampa.
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Ellas, que son campesinas, que trabajan en las milpas y los cafetales, son amas de casa y que atienden a sus hijos, hijas y los esposos, ahora también hacen monitoreo de la fauna en el monte. La inclusión de mujeres en las brigadas de monitoreo ha roto una barrera más en lo roles tradicionales de los pueblos, pero también en las nuevas actividades relacionadas con las ADVCs. Los alcances de estas designaciones se ilustran con el testimonio de tres de ellas. Inicialmente, todas sintieron miedo, ya que tradicionalmente, internarse en los bosques o la montaña, como ellas le llaman, era una actividad principalmente masculina. Elena nos dice… “La gente cuenta que uno se pierde allá arriba”; sin embargo, al integrarse al monitoreo, esa percepción cambió: “Subí y conocí el bosque, y ahora me gusta venir”.
El monitoreo implica jornadas exigentes. Ellas se levantan a las 5 de la mañana, preparan comida para llevar y cargan sus morrales con el equipo (cámaras, pilas, etc.); no es extraño hacer caminatas de hasta 10 horas y exponerse a condiciones difíciles (como el calor y la humedad).
A sus cargas domésticas y agrícolas se le suma el monitoreo de la fauna. Jazmin, comentó: “Es pesado, es cansado… mucha gente cree que uno solo va y regresa, pero no es fácil”. Lo triste es que aún en la comunidad existe gente que minimizar su esfuerzo para cumplir con el cargo y realizar el monitoreo, lo que afecta su reconocimiento social. A pesar del esfuerzo, la experiencia genera entusiasmo y orgullo. Un momento que recuerda con entusiasmo Elena fue cuando una de las cámaras que ayudó a instalar tomó la fotografía de un puma “Nos sentimos felices… fue la primera vez que vi un puma en video. Me sentí orgullosa de ser parte del equipo”.
Mas allá de la emoción las monitoras comienzan a desarrollar aprendizajes ecológicos, ahora ya saben que los mejores lugares para colocar las cámaras son los bebederos, las zonas húmedas, las áreas con mayor vegetación y los corredores naturales. También identifican que muchas especies usan senderos humanos como rutas de tránsito “A los animales les gusta caminar por donde pasa la gente”, explica Elena, al mostrar un sendero donde colocaron una cámara. De la misma manera Soledad, expresó: “En el sendero al que fuimos salió un jaguar, estaba grande”. Asimismo, adquieren capacidades para distinguir grupos sociales y categorías de edad en especies monitoreadas como el mono araña, diferenciando hembras, machos, juveniles e infantes; además nos cuenta que ya reconoce vocalizaciones y comportamientos, Jazmin, dice: “Yo no sabía nada de monos, ahora ya sé cómo distinguirlos”.
Las monitoras comunitarias demuestran que la conservación no depende únicamente de especialistas, sino del esfuerzo y la participación de quienes habitan en los bosques tropicales, ellas, ahora empiezan a abrir nuevos caminos… que sus madres, abuelas y más allá, jamás se imaginaron recorrer.
Conclusión
Las experiencias de monitoras comunitarias en las ADVC de La Chinantla muestran que el monitoreo es físicamente exigente, genera orgullo, produce nuevos conocimientos sobre la fauna y permite a las mujeres apropiarse de espacios antes no considerados para ellas. Al participar en el monitoreo no sólo rompen barreras y contribuyen a registrar a los mamíferos, sino que también podrían redefinir su relación con el territorio: antes amas de casa y campesinas, ahora también monitoras.
Colaboración especial:
R. Elena Galindo-Aguilar
Bióloga graduada de la UNAM, su línea de investigación es monitoreo de mamíferos en comunidades originarias, y ecología de mamíferos medianos y grandes en paisajes tropicales fragmentados. Ha investigado temas como riqueza, patrones de actividad, relaciones depredador-presa, conocimiento tradicional, uso y aprovechamiento de mamíferos y conservación, contribuyendo a proyectos en diversas regiones de Oaxaca. Actualmente es Posdoctorante de la SECIHTI en el Centro Interdisciplinario de Investigación para el Desarrollo Integral Regional, Unidad Oaxaca (CIIDIR, Oaxaca) del Instituto Politécnico Nacional (IPN). Y nivel candidata en el Sistema Nacional de Investigadoras e Investigadores (SNII). Correo electrónico: rgalindoa@ipn.mx

Elvira Durán
Tiene un doctorado en Ecología, y es profesora del Centro Interdisciplinario de Investigación para el Desarrollo Integral Regional, Unidad Oaxaca (CIIDIR, Oaxaca). Instituto Politécnico Nacional (IPN). Una de sus líneas de investigación es sobre el Manejo y Conservación Participativa en ejidos y comunidades indígenas Chinantecas, Zapotecas, Mixtecas, Chocholtecas y Afromexicanas. Ha realizado estudios sobre la conservación comunitaria en la región de La Chinantla, Oaxaca desde 2008. Correo electrónico: eduranm@ipn.mx
