La situación actual del agua en la Ciudad de México —y en buena parte del país— es alarmante. El aumento sostenido de las temperaturas, las sequías prolongadas y, paradójicamente, las inundaciones cada vez más severas son síntomas claros del desequilibrio ambiental que hemos provocado. La naturaleza, resiliente pero finita, nos está lanzando señales contundentes: el modelo actual de relación con el agua ha llegado a su límite.
No podemos ni debemos negar el pasado lacustre del Valle de México. Durante siglos, este ecosistema fue un complejo sistema de lagos, humedales y ríos, que sostenía a una gran diversidad biológica y cultural. Aunque ese paisaje ha sido sistemáticamente cubierto por asfalto y concreto, seguimos dependiendo de él: extraemos el agua de pozos que aprovechan la infiltración acumulada durante siglos, sin detenernos a pensar que, al hacerlo, estamos vaciando lentamente el suelo bajo nuestros pies.
Los hundimientos diferenciales que sufre la ciudad son evidencia de esta sobreexplotación. En vez de devolver agua al subsuelo, la expulsamos. En lugar de permitir la infiltración natural, impermeabilizamos con pavimento. Así, en temporada de lluvias, el agua ya no se filtra ni se distribuye; se acumula y se desborda, reclamando el cauce que le fue arrebatado.
La planeación urbana ha ignorado el valor de los ríos: entubados, canalizados o convertidos en basureros, dejaron de ser parte del paisaje cotidiano. Le dimos la espalda al agua. Sin embargo, muchas ciudades del mundo han logrado reconciliarse con sus cuerpos de agua, rehabilitando ríos urbanos como espacios públicos, ecológicos y culturales. Podemos y debemos hacerlo también aquí.
En el contexto de Iztapalapa
Iztapalapa, una de las zonas más densamente pobladas y con mayores retos hídricos de la ciudad, podría beneficiarse enormemente de estas estrategias. Con una red limitada de agua potable, severa sobreexplotación de pozos, hundimientos acelerados y baja infiltración, la alcaldía se encuentra en una situación crítica. Iniciativas como el reúso de agua tratada, la recuperación de espacios verdes infiltrantes y el saneamiento de cauces son fundamentales.
Volver al agua no es solo una cuestión técnica, sino cultural. Implica resignificar nuestra relación con los ríos, el subsuelo y el ciclo del agua. Requiere reconocer que somos —y siempre hemos sido— gente de agua. Aceptar que las lluvias, los manantiales y los cauces son parte de nuestra identidad como habitantes del valle. Y que el futuro de nuestras ciudades dependerá de qué tan capaces seamos de escuchar lo que el agua nos dice.
A continuación, presento el testimonio de mi abuela, en el que brevemente relata cómo era la ciudad cuando llegó a vivir a ella y cómo ha cambiado con el paso del tiempo:
"Yo llegué a la Ciudad de México en el año de 1968. Venía de Teloloapan en Guerrero, llegué buscando trabajo y una vida mejor. Me acuerdo bien porque fue el mismo año de las Olimpiadas, y aunque yo no entendía mucho de eso, se sentía el movimiento en la ciudad. Todo era nuevo para mí, muy grande, muy ruidoso, pero también lleno de oportunidades."
"Me vine a vivir con una tía que vivía por Nezahualcóyotl y trabajé muchos años en el centro, de costurera y con el tiempo me junté con tu abuelo y juntos nos dio para poder comprar un terrenito en Iztapalapa. En ese tiempo, Iztapalapa era muy diferente, no estaba como ahora todo lleno de casas y concreto. Había muchos terrenos baldíos, caminos de tierra, nopaleras… y sí, todavía había ríos. El río de la Piedad, aunque ya empezaba a estar entubado, todavía en algunas partes se podía ver el agua correr, aunque ya venía sucia. Por la zona más cerca de lo que ahora es Ermita o la Viga, pasaban canales o arroyos pequeños que venían desde lo que antes eran los lagos."
"También recuerdo que había zonas encharcadas que parecían como laguitos, sobre todo más hacia el oriente, rumbo a lo que ahora es la UAM Iztapalapa. Eran como charcos grandes donde crecía tule, había patos, y los niños hasta pescaban charales. Eso ya después se fue secando o lo fueron tapando con tierra para construir casas. En los tiempos de lluvia se inundaba mucho, porque todavía el suelo era como lodoso, de lo que había sido el lago."
"En esa época, la ciudad apenas estaba tragándose todo. Todavía se sentía que era más pueblo que ciudad. Había tianguis, los señores vendían en burros o carretillas, y el transporte era camiones viejos o peseros. El metro apenas lo estaban construyendo, y creo que la línea rosa abrió ese mismo año, pero no llegaba hasta acá. Nosotros teníamos que caminar mucho o agarrar varias combis para llegar al centro."
"La gente era más tranquila. Todavía se podía salir en las noches a tomar el fresco afuera, sin tanto miedo. Los vecinos se conocían. Mucho cambió con los años. Iztapalapa se fue llenando, aquí todavía eran grandes los terrenos, pero después se hizo ejército de oriente y muchas gentes se vinieron a vivir a Canteras después del sismo del 85, y lo poco que quedaba de naturaleza se fue desapareciendo."
"A veces me pongo a pensar cómo sería si todavía existieran esos ríos limpios y los humedales. Si los hubiéramos cuidado, quizás no estaríamos tan acalorados ni con tanta agua sucia. Pero bueno, así fue el progreso, como dicen. Aunque no todo fue para bien."

Fotografía: Ulises Yépez
Texto: Ulises Yépez Sánchez
Bibliografía:
González Reynoso, A. E., Hernández Muñoz, L., Perló Cohen, M., & Zamora Saenz, I. (2010). Rescate de ríos urbanos: Propuestas conceptuales y metodológicas para la restauración y rehabilitación de ríos. Universidad Nacional Autónoma de México, Programa Universitario de Estudios sobre la Ciudad. ISBN: 978-607-02-0721-1.
